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El Ayni

El Ayni fue un sistema de reciprocidad ampliamente practicado por los pueblos andinos y que alcanzó su condición de principio de estado durante el Tawantinsuyu de los Incas. El Ayni implica que quien necesita ayuda es asistido por los miembros del Ayllu, debiendo el beneficiado posteriormente retribuir asistiendo mutuamente cuando otro comunero lo necesite.


El icono de las manos cruzadas descubierto a principios de siglo, es el símbolo por excelencia del Ayllu de la comunidad humana basada en las formas de reciprocidad andina: Ayni, Mita, Minka y Wayka, y a través de ella representa los valores andinos del Khuyay (Amar), Munay (Querer) Yachay (Saber) y Llankay (Laborar).


Es a través de estos principios que nuestros antepasados construyeron su civilización, una civilización basada en el amor y la compasión (Khuyapayaq), y por esto decía el Inca Garcilaso que en el Tawantinsuyu no se conocieron pobres, ni niños abandonados, ni viudas desprotegidas, ni ancianos mendigos, pues todos fueron cuidados y asistidos por la comunidad (Ayllu).


Nuestros antepasados construyeron una «cultura del cuidado» (Khuyapayaq Aylluchakuy) el cuidado de los unos a los otros, porque somos seres humanos comunitarios (Ayllu runa), en la medida en que cuidamos de los demás, a la vez nos integramos cuando cuidan de nosotros.

Este «cuidado mutuo» es el núcleo del Ayllu y está basado en el amor y sus infinitas bifurcaciones: compasión, cuidado, protección, seguridad, enseñanza, compartir, reciprocidad, laboriosidad, empatía. Pues quien ama cuida, y quien cuida practica una forma de compasión.

En la tradición de la Cosmovisión Andina, los seres humanos (Runakuna) somos parte de la Naturaleza y pertenecemos a ella y no al revés. Debido a que la cultura andina está centrada en la naturaleza, el Ayni solo puede comprenderse desde una relación profunda e íntima con la Madre Tierra.


Para los pueblos andinos la reciprocidad con la naturaleza es un deber moral, pues la Madre Tierra (Pachamama) es quien nos da la vida, los alimentos y la existencia. En consecuencia, debemos «devolver» a la tierra lo que es suyo y no depredar hasta agotar los recursos naturales. Todo lo que hemos de tomar, debemos devolverlo.

Si se rompe el vínculo de reciprocidad (Ayni) con la naturaleza, entonces el ser humano destruye su propio hábitat y atrae el hambre, la miseria y la tragedia a la comunidad humana (Runa Ayllu). Esta ética andina del cuidado a la naturaleza, solo puede nacer de quien ha aprendido a amar a todos los seres vivientes y a respetar toda forma de vida.

Es comprender que somos parte de una comunidad mayor, el Ayllu cósmico, pues todo está ligado e intimamente relacionado en esta «biosfera viviente» llamada Pachamama, todo tiene una causa anterior y una consecuencia posterior. Lo que le sucede a la montaña repercute en nosotros, si destruimos la naturaleza nos destruimos a nosotros mismos, porque nosotros somos naturaleza, somos vida colectiva (Kawsay)


La mejor forma de entender el Ayni es la relación entre los seres humanos y los animales. Para los pueblos andinos los animales no son «dominio» del hombre, sino sus compañeros de vida que existieron antes que los humanos y fueron muy importantes en nuestra cultura y cosmovisión, tal como lo demuestran los cementerios de animales encontrados en Moquegua, de la Cultura Chiribaya. Aquellos animales fueron enterrados con todos los honores, demostrando el amor que los antiguos andinos tenían por los animales.

El Ayni con todos los seres vivientes implica que ellos son de vital importancia para nuestra existencia y en reciprocidad debemos cuidar de ellos y no destruirlos ni asesinarlos sin causa. Incluso una pequeña hormiga o una abeja hace posible la existencia humana. El Ayni con los seres vivientes implica cuidarlos y amarlos como a nuestra existencia misma.


En los pueblos quechua también se práctica el AYNI haciendo ofrendas a la Pachamama o madre Tierra, al Inti o padre Sol, y a las demás fuerzas de la naturaleza que nos proveen la vida. Se les agradece por este cuerpo y todo lo que lo sustenta para que nuestra alma pueda tener esta experiencia de vida.

Practiquemos el Ayni, la bondad sin miedo ni recelo, y también dejemos que la abundancia fluya hacia nosotros. A medida que sanamos nuestro egoísmo, desde lo más profundo nace un sentimiento de prosperidad que más luego que tarde el Universo nos refleja con creces.


En los Andes y valles de tradición quechua, la salud y el bienestar de una persona o pueblo está íntimamente ligado a su sentir, pensar, y actuar en relación a los demás y a la Tierra. Cuando una persona es bondadosa en su corazón, en su mente, y en su trabajo, esa persona está en AYNI con el mundo, y la vida lo reconoce dándole vigor y prosperidad. Ayni significa reciprocidad: así como uno entrega uno recibe. Pero ojo que aquí existe una sutileza muy poderosa porque un corazón no es puro cuando entrega pensando en lo que va a recibir de vuelta. Es en la ayuda y devoción desinteresada e incondicional que uno acumula salud y solvencia espiritual . La imagen de un río que fluye nos ayuda a entender esto. Uno deja que su ayuda fluya hacia delante sin esperar ser nutrido por quienes uno ha ayudado sino que la ayuda vendrá desde dónde tenga que fluir al momento de necesitarla. Es así que uno cultiva la entrega incondicional y la confianza en la vida.



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